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martes, diciembre 18, 2012

La grandeza del Negro Fontanarrosa

Artículo Inédito de Roberto Fontanarrosa

Ayer, escuchando a Petón y Martí Perarnau en El Partido de las 12 de Cope (siempre hago zapping cuando salgo de Al Primer Toque de Onda Cero donde soy colaborador), me emocioné. Hablaban de Roberto Fontanarrosa (ver wikipedia). El Negro Fontanarrosa. Tuve la fortuna de conocerle y de ficharle (con la colaboración y la complicidad de Elías Israel, sino no hubiese sido posible, claro) como colaborador de Marca. Al escuchar a Martí y a Petón hablar del Negro recordé las muchas conversaciones telefónicas que tuve con él, recordé la única vez que nos vimos en persona porque nos cruzamos en Exeiza. Yo volvía de Buenos Aires, y el hacía escala desde Europa rumbo a su Rosario. Recordé el abrazo que nos dimos. Al escuchar a Petón y a Martí en su magnífica sección de  los lunes me emocioné recordando al Negro. Y también me reí recordando sus chistes, sus viñetas, sus anécdotas, sus magníficos cuentos de la vida y de fútbol (no dejéis de leerlos si aún no lo habéis hecho). Gracias a Petón y a Martí que me hicieron recordar al Negro Fontanarrosa os dejo aquí abajo un artículo inédito que nunca salió publicado para el periódico que lo escribió.

Lo contextualizo:

Diego Armando Maradona se debatía entre la vida y la muerte en una clínica de Buenos Aires. En todas las redacciones de los periódicos del mundo se preparaban para lo que nadie deseaba. Roberto Fontanorrosa era colaborador de Marca por entonces. Escribía la última de los domingos con  su pluma mordaz, irónica, deliciosa. Dentro del propio periódico tenía muchos detractores, pero los lectores según le iban conociendo valoraban el valor añadido que aportaba, la calidad que se buscaba en aquella etapa del periódico, como con el suplemento DoMingo. Cuando le fiché, junto a Elías Israel, para Marca, El País y el As estaban para ficharle. Era una institución en Argentina (falleció el 19 de julio de 2007). Roberto Fontanorrosa escribió este artículo y dibujó esta tira para la ocasión. Su optimismo se cumplió y Maradona regateó a la muerte, resucitó, adelgazó y ahí le tenemos. Disfruten de este artículo y viñeta. Son inéditos. Merece la pena.

Este artículo lo escribió Roberto Fontanarrosa el 28 de abril de 2004, cuando Maradona se debatía entre la vida y la muerte en un hospital de Buenos Aires. Nunca se publicó porque el suplemento que se había preparado afortunadamente no ha tenido que ser publicado todavía. La viñeta también la dibujó en esa fecha. Repito, es larguito, pero se lee de un tirón. Disfrutad.





MARADONA, DIEGO, EL 10

Por Roberto Fontanarrosa

Muy pronto descubrió, que aquello que brillaba en la suela de sus botines de fútbol, era oro en polvo. La televisión informa que Maradona sobrevive horas difíciles en el cuarto piso de la Clínica Suiza-Argentina, de Buenos Aires. Pocas noches atrás caminaba el contorno del campo de Newels, saludando con las manos en alto a un público enfervorizado, luciendo la casaca rojinegra, con su figura hinchada, casi grotesca, obesa. Muchos años antes había mostrado, en ese mismo estadio, la versión más refinada de Maradona, con una delgadez que salvo en su adolescencia nunca tuvo ni volvería a tener, casi inapropiada para la práctica del fútbol.

En aquel fugaz paso por Rosario, su preparador físico personal era Cerrini, el mismo que quedaría envuelto en la sospecha cuando Diego fue sacado del mundial de Estados Unidos, atrapado en un control antidoping. “Me cortaron las piernas”, acusó Diego, dolido, acuñando una de las tantas frases que popularizó en su carrera. Nos la repitió, esa misma noche que quedó afuera de la competencia, cuando un grupo de periodistas del diario Clarín lo encontró inesperadamente en el aeropuerto de Dallas, aprestándose a volver a Boston, marginado. Impensable, en otro sitio que no sea Estados Unidos, encontrar a Diego Maradona tan solo acompañado de un par de asistentes, sin estar rodeado de una multitud de curiosos y aduladores, aún en un aeropuerto desierto a las cuatro de la mañana. La noticia de que el doping que había dado positivo era el de Diego nos había llegado, paradójicamente, desde Buenos Aires, pero con origen en España, país que había vivido un caso parecido con Carlderé en el Mundial 86. Desde Buenos Aires también nos decían que el clima que se vivía en la Argentina era el de un verdadero velatorio, de enorme desazón y abatimiento.

No es ese el clima callejero que vive hoy, al menos, Buenos Aires. Una Buenos Aires por fin fresca, activa, dinamizada por la presencia de miles de turistas. Pero todos los canales de televisión montan guardia frente a la clínica donde está Diego. Maradona, hoy, es el mayor monumento viviente de la Argentina, merecedor de habitar el Parnaso donde moran Carlos Gardel, Juan Manuel Fangio, Perón, Evita, el Che Guevara, Carlos Monzón y unos pocos más. Pero Gardel, que cada día canta mejor, plegó sus alas en Medellín; los cinco títulos mundiales del chueco Fangio ya fueron superados por Schumaher, y Carlos Monzón, por su parte, se mató en un accidente automovilístico a poco de salir de la cárcel. 

“Me hubiese gustado verte / Carlitos Gardel, añoso / con todo el pelo canoso / pero tenerte, tenerte” dice el verso popular. Sin embargo, “el bronce que sonríe” cumplió con uno de los requisitos necesarios para que un ídolo popular pase a convertirse, decididamente, en leyenda: morir joven. Como Alberto Olmedo, capocómico de la escena argentina, que se cayó de un balcón altísimo, en circunstancias inexplicables, un verano, haciendo la temporada de Mar del Plata. 

Sobre Diego, desde hace tiempo, sobrevuela el fatalismo de la profecía. Sus apariciones públicas, su dicción dificultosa e inconexa, su gordura hiriente, su rostro abotagado, y, fundamentalmente, su reconocida adicción, al parecer nunca superada, marcan un final anunciado. “Gardel - me apuntaba un amigo –nunca tuvo una ideología clara. Le cantaba a los ladrones y a los policías, a los ricos y a los pobres, podía exaltar tanto a los indigentes como a los poderosos. Pero cuando abría la boca para cantar, a uno se le terminaban todos los cuestionamientos que se pudieran hacerle”. Es lo que ocurre con Diego. Ha sido, de todas formas, más coherente que esa versión de Gardel, según mi amigo. Diego ha estado casi siempre enfrentado con el Poder. Con la arrogancia, la desfachatez, y el desparpajo con que se movía en la cancha. Podía hablar contra el presidente de Boca cuando él mismo vestía la casaca xeneize; contra Bush, contra el Papa mismo. Es, no obstante, una masa de energía cargada de susceptibilidad. Sensible como una herida oye, ve y percibe cualquier vibración que le concierna. Como a Terencio “nada de lo humano le es ajeno” especialmente, si lo humano se refiere a Maradona. Puede demoler a un ignoto periodista de un pasquín intrascendente que osó criticarlo, de la misma forma que pudo enardecerse con la revista El Gráfico. Pero, italiano, calentón, afectuoso, emocional y sanguíneo, no descartemos verlo al poco tiempo en una foto abrazado con esos mismos enemigos a los que juró maldición eterna. A veces parecía que jugaba más por odio que por amor. Jugaba, según sus declaraciones, “para taparle la boca a muchos” o “para demostrarles a esos otros” o “para los que hablaron estupideces”. Pero sólo parecía. En definitiva, lo motorizaba un amor propio formidable, una pasión quemante, un orgullo inagotable, un respeto por los futbolistas y un cariño por los suyos, por el fútbol y por la pelota que lo tornaban impecable. Y siempre la pelota, la pelota “que no se mancha” como dijo en su despedida en La Bombonera, cuando la desvinculó de su caída personal, le quitó culpas, la dejó aparte, inmaculada, inocente y redonda.

El fútbol es uno de los pocos orgullos genuinos de los argentinos. Varios políticos han procurado hacernos creer que pertenecemos al Primer Mundo, cuando sabemos que no es así. Pero, paradójicamente, en el fútbol, siempre hemos pertenecido a una elite mundial, aún antes de conseguir títulos mundiales. Allí están Alfredo Di Stefano, Enrique Omar Sívori, Mario Kempes, Gabriel Batistuta para aseverarlo. Y está Diego, el 10. El 10, la nota más alta que no nos sacamos en otras materias. El 10 aceptado por el resto del mundo. Porque poco vale proclamar supremacías si los demás no la aceptan. “Acabo de firmar un importante contrato con Hollywood – anunció alguien- Ahora sólo falta que lo firmen ellos”. En este caso, firmaron todos. Certificaron que Diego, junto a Pelé, fueron los mejores. Y no es casual que uno haya salido de la Argentina y otro del Brasil. Y para un país filtrado por todo tipo de influencias extranjeras, tener un fuerte referente local no es un dato menor. Donde hay orgullo no hay copia. Y los chicos argentinos quieren ser Diego, no Cruyff, o Platini, aunque admiren a ambos. Además, si alguien no conociera a Maradona, al verlo jugar sabría que es argentino. Porque Batistuta, por rubio, por sus ojos claros, por noble, por fuerte, por frontal, bien podría ser alemán o belga. Pero Diego no. Reunía, superlativamente, lo mejor de las condiciones reconocidas en el jugador rioplatense clásico; más habilidad que fuerza, más talento que enjundia, más técnica que empecinamiento. Ahora Diego, el seductor intuitivo de risa fácil y contagiosa, el triunfador de origen humilde que se pavoneaba con restallantes camisas de Versace, nos tiene a todos con el corazón en un puño, sostenida su vida por un corazón artificial. La tiene difícil, por cierto. Pero es Diego. No lo den por vencido ni aun vencido. Recuerden que humilló al pirata inglés dejando a varios de ellos despatarrados por el piso. Recuerden que demostró que la mano es más rápida que la vista. Y que salía entre cuatro con el balón pegado a su zurda mágica, y sacando la lengua, como burlándose. Recuerden eso.

Escrito por Matallanas | 9:51 p. m. | Enlace permanente