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miércoles, enero 05, 2011

En la calle Libertad, excusa perfecta para una mágica noche con mi gente (Por José Manuel García-Otero)

Presentación del libro El arma de los invisibles


Por José María García-Otero

A mí el número 14 siempre me gustó: Johan Cruyff, aquel holandés de cara esmirriada y piernas de mago, llevaba ese número y cuando me propusieron la fecha del martes 14 para la presentación de El arma de los invisibles en Madrid, supe que ese día sería un buen día para mí. La sala Libertad-8 también podía ser un buen escenario. Lo mismo que mi padrino, Petón, un magnífico padrino. Petón. José Antonio Martín Otín. Ahora tenía que contar con la gente. Con mi gente.

Días antes yo había dejado vía libre a esa fábrica de sueños que tenemos en la azotea. Me vi como un novillero en vísperas de su presentación en las Ventas, como un futbolista de un filial la noche del debut en las filas del equipo grande, como un estudiante horas antes de la graduación. Nervios de juvenil ante el reencuentro con los viejos amigos. Mi gente.
Os confieso que en los recónditos bosques del más lúcido de los cerebros le resultaría complicado digerir en unas horas más de quince años de vivencias apiladas, un montón de sensaciones en tecnicolor agrupadas en toneladas de momentos intensos que viví en MARCA y en Madrid, sin duda la etapa más feliz de mi vida.

Y allí estaban todos, mi gente, en Libertad-8, aquel 14 de Cruyff, que no sólo olía a Navidad y a nostalgia, sino a ese olor alcanforado y tierno, de pan nuevo, que es la amistad; y también olía a lealtad, a solidaridad, a compañerismo. Y todos volvimos a levantar los eslabones de esa cadena invisible que nos une, desafiando el paso venenoso de los años y la dictadora muralla que es la distancia.

Eso fue lo que vi el 14 de diciembre, en la calle de la Libertad, la calle de todos nosotros, en el punto casi minúsculo de los duendes que viven libres, y que respiran y cantan y sueñan, que llamamos Libertad-8. Allí os volví a encontrar y os mostré mi pequeño trabajo El arma de los invisibles, que Petón (querido don Benito Pérez-Galdós, cuántas cosas nos distes) extendió magistralmente por las paredes de la sala y disparó directamente al corazón. Mi corazón.

Os juro que jamás olvidaré aquel día. Os juro que la novela El arma de los invisibles es precisamente eso, un canto a la amistad, un alma muy viva, el testimonio de las buenas gentes, la proclamación formal de que las calles de este mundo tan difícil se encuentran repletas de buenas gentes, porque la llenáis vosotros. Las llenas tú. Invisible.
www.elarmadelosinvisibles.com



Escrito por Matallanas | 12:04 p. m. | Enlace permanente

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