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viernes, noviembre 02, 2007

Me colé en una fiesta (Por Antonio Sanz)

el rincón de judas (artículo publicado en él diario público el domingo 28 de octubre

Por Antonio Sanz

Anda el Periodismo, o lo que queda de él, algo revuelto y agitado al enterarse del festival que varios jugadores brasileños -entre ellos Robinho y Ronaldinho- se metieron en Río de Janeiro. Celebraban esa noche la goleada a Ecuador. Tanto celebraron que perdieron los respectivos aviones que debían trasladarles a España para jugar la Liga. Tanto se divirtieron que olvidaron la hora de facturar, la hora de embarcar y hasta la hora de volar. Tanto festejaron que fueron obligados a seguir los partidos por televisión. Eso sí, sólo ‘apartados’ unas horas. Claro, obvio, lógico, normal… Schuster y Rijkaard no son técnicos mendrugos como para renunciar a dos jugadores que necesitan imperiosamente en sus equipos.

Existe mucha leyenda urbana sobre las fiestas de los jugadores. No quiero entrar en cómo son por dentro, quienes se las organizan o quienes participan en las mismas porque lo entiendo como territorio reservado a la vida privada del deportista. Lástima que no coincida con los que ahora piensan que es más educativo, más vistoso, más interesante y hasta más de moda hablar de los romances del ‘Kun’ Agüero o de la actividad sexual y desenfrenada de los compañeros de Selección de Robinho que de sus andanzas sobre el terreno de juego. Sí apunto que dónde creo que la afición debe juzgar a sus futbolistas es cuando éstos van vestidos de corto y con colores del club y no cuando van de largo y con camisa y pantalón vaquero. Como todo en la vida, los excesos son malos. Como todo, una juerga en un oportuno momento es óptima. Eso lo pensaba antes, pero más convencido estoy hoy, después de ver la exhibición de Robinho en el Bernábeu ante el Olympiacos.

No se hablaba y escribía en los medios más que de multa, castigo, reproche, tirón de oreja, nula profesionalidad y algún atrevido… hasta de sexo. Todos menos Schuster. El alemán, habitualmente ajeno a ayudarse a si mismo, lo tuvo claro. Se sentó con el brasileño en Valdebebas, le explicó su falta de compañerismo y le razonó lo importante que debe ser para este Real Madrid. No estaba molesto por la juerga. Sin embargo, le hizo ver al pequeño y diabólico delantero que el grupo merece más respeto. Eso sí, le dejó claro que públicamente no le daría ni un arañazo. Ni una marca de mala conciencia para que nadie pudiera hacer más leña de Río de Janeiro. El técnico comprendió que era la mejor manera de encontrar su reacción. Sabe que con el fútbol plano que nos dedica el Real Madrid, la magia de Robinho es de lo poco que puede sacar al equipo del discreto guión que sigue en el campo.

Robinho cumple su tercera temporada en el Real Madrid. Su fichaje se apunta al capricho de Florentino Pérez tras una larga negociación iniciada seis meses antes y tras conocer la inicial ventaja del eterno rival. En Otoño de 2004, el entonces director deportivo del Atlético de Madrid, Toni Múñoz, me descubre su figura. Me cuenta que un chaval de 20 años está volviendo loco al Brasil futbolístico. Unas semanas más tarde, los medios de comunicación destapan el interés rojiblanco por el jugador. El Atleti negocia con su agente en Madrid, pero la operación no resulta sencilla porque el representante no pone excesivo interés en cerrarla. En el Calderón no aprietan la clavija de la comisión y comienza a subastarse el pase. Florentino paga tres veces más que la cantidad que negociaba el Atleti (se habla de 10 a 30 millones de euros). En esa época, poco importaba quien se colaba en las fiestas privadas de Madrid. Es más, estaban de moda… y hasta se jaleaban.

Escrito por Matallanas | 6:50 p. m. | Enlace permanente