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lunes, enero 21, 2008

Rojiblanco como un Huracán (Por José Manuel García)

el butacón del garci


Por José Manuel García

Yo tengo un amigo argentino que reparte su corazón futbolístico con dos amores esquivos y afilados. Mi amigo Alejandro es hincha de Huracán en Buenos Aires y furibundo seguidor del Atlético, todas las veces que se da el gustazo de tomarse unas cañas en la Dolores, muy cerca de Neptuno.

Con permiso de su negrita, Gabriela, mi amigo toca la gloria con los cuatro rizos que malviven en su despoblada coronilla cuando el Kun Agüero sienta a dos contrarios un segundo antes de poner la pelota en la escuadra. O cuando el Globo da un paso adelante en la Primera. Nada hace más feliz a mi amigo que un par de detalles, como un gol que algún joven globero le haga a esos malditos ciclones de San Lorenzo o una victoria, aunque sea con la mano, que logre ese Atlético que tan profundo le llegó al alma de mi amigo Alejandro.

“Cuando voy al Calderón se me pone la carne de gallina, porque veo a los jugadores de mi Atleti y veo a Bethoven, a Mozart y a Gardel. Yo la gocé mucho cuando jugaba Rubén (Cano), también me hicieron feliz las pavadas del Mono (Burgos) o también ahora, cuando el Maxi pone la quinta marcha hacia el Paraíso y se la coloca a Forlán. Ese uruguayo tiene huevos, un uruguayo bendito, porque bendito tiene que ser alguien que le hace un roto a San Lorenzo y Dieguito le hizo un par cuando era rojo de Avellaneda”.

“Y de mi Huracán, la gloria, aunque lo fundaron sin la H. ¡Qué más da! Yo he visto al rubio Carlos Babington, al Loco Houseman, dioses quemeros. Vi a Dios luciendo la blanca y la roja, porque esos son los colores de Dios y que nadie se ofenda. Los colores de mi Atleti y de mi Globo”.

-Pero estos equipos pierden mucho, Ale, pierden más agua que un baño agujereado...

-Sí, por eso cuando ganan tocan música los ángeles.

Tras la derrota del Atlético a manos de un Real Madrid tan demoledor como suertudo (otro disparo que horadó el alma de los atléticos), derramé mi hombro para que mi amigo escupiese bilis de dolor.

-No te preocupes, José. Los vikingos no saben disfrutar ni tienen a Neptuno montando en Globo y yo, mi amigo, sé llorar a puro gusto, como nos enseñó Sabina.

Anoche Cibeles fue un descorche de luces y alegrías vikingas. Perdió el Atlético. Otra vez. Mi amigo agarró los bártulos y se fue con las alas rotas a su casa de La Elipa. Ni vio la tele ni el asedio israelí a Gaza. Alejandro besó a su negrita y ésta no preguntó más: acarició las sienes desérticas de mi amigo y acaloró sus sábanas. Mañana no habrá un rastro de dudas en su corazón quemero y rojiblanco: un Atlético pasará de nuevo sobre todos los tejados y de nuevo teñirá de plata rojiblanca su vida. Como un Huracán.

Escrito por Matallanas | 4:30 p. m. | Enlace permanente

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