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domingo, agosto 27, 2006

El Butacón del Garci

EL VIERNES ME LEVANTE Y MIRE AL CIELO

Por José Manuel García

El viernes, padre, me levanté y miré al cielo que estaba azul y acariciaba los ojos. Una leve brisa de poniente puso firme mi cuerpo, pero lo que me levantó el alma fue ver la bandera blanquirroja-y-gualda de un aficionado, dicen que de Alcalá, de tu pueblo, papá, de Alcalá de los panaderos y del Molino que peina las aguas del Guadaira. Esa bandera me pegó un pellizco ahí dentro y aventó cualquier tipo de temores. No tuve miedo nunca, papá, porque ese Sevilla nuestro era capaz de remontar cordilleras y comerse crudo a cien Goliats juntos, por muy de azulgrana que se vistieran.

Me pegué a la tele y me inundé de todo. Mi corazón quedó anegado de orgullo rojiblanco, grité vamos, mi Sevilla, vamos, campeooooooón, y seguí gritando hasta que mi voz, pobrecita, se quedó como un guante de papel hundido en un contenedor, pero me importaba un comino. Yo también, como muchos, llenaba las velas de los pulmones de Javi Navarro y me sentía Dani Alves tapando la coleta de Ronaldinho y enviando balones a Luisfa, un genio con la suerte torcida. Y te di la mano, padre, cuando Renato puso ese balón en los Cielos.

Cómo salté, cómo saltaron Clara y Carmen, esa familia metida en el saco de miles (¿o millones?) de familias sevillistas enloquecidas por el fútbol de borbotones de oro que desplegaba mi equipo.

La tele sacaba las caras de oscuridad y aturdimiento de los barcelonistas, que se acercaron al Louis II con cuchillo y tenedor, dispuestos al merendón, y se encontraron con un tigre con piel blanca y dientes blancos y afilados.

Era el poderío militar contra la inteligencia. El hombretón contra el niño. El primo de zumosol contra mi primo de pantalones cortos. El armario empotrado contra el talento. Si tú eres grande e invencible, mi corazón es de Triana, y aquí, en Sevilla, desde las ventanas de Nervión, los dioses se hacen de carne y hueso y lucen alas.

Las mismas que utilizó el niño Navas para enviarle a Kanouté aquel balón lleno de luces para poner el segundo en nuestra cuenta, un gol que hizo que el Barcelona hundiera el lomo en aquella Maestranza monegasca.

La última media hora te miré de frente papá, cuando Clara se apretó a mí y yo besé su pelo. Me acordé de aquellas angustias nervionenses, cuando Amancio agarraba el cuero y hacía slalons a todo blanco viviente, y eso que Toni (el de los Molares) daba más patadas que un cigarrón dentro de una lata, cuando el reloj viajaba en carreta con ruedas cuadradas y no miraba nunca al minuto 90.

Salió Puerta y fue la Puerta del Príncipe: Puyol murió destripado, Márquez se electrocutó con chispa sevillista y Maresca le apagó la luz a Valdes y a Goliat.

Lo siento, papá, pero lloré de nuevo de felicidad. Lloré por ser supercampeón de Europa y por haber vivido estos días de luces blancas. Lloré por ser como siempre he sido y voy a seguir siendo. Por verte sonreír. Qué bueno que viniste el viernes, padre, qué bueno, sevillista.

Escrito por Matallanas | 7:25 p. m. | Enlace permanente

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