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lunes, marzo 31, 2008

Ángel Torres y la casa por el tejado (Por Antonio Sanz)

EL RINCÓN DE JUDAS (COLUMNA PUBLICADA EN PÚBLICO EL 30 DE MARZO DE 2008)


Por Antonio Sanz

Ahora sí. Recuerdo cuando mi padre, ayudado por un buen amigo, me introdujo en un vestuario. Era el Getafe de las antiguas Margaritas. Sí, el mismo que acogía a Pepe Juan, Zambrano, Galán, Ortigosa, Polo o Roberto Cino. Eran los años que se presumía desde el sur que la Segunda división contaba con algo más que el ascensor Rayo de Vallecas. Mariano, el amigo de mi padre, y Felipe, mi padre, me dieron la oportunidad de pisar por primera vez una caseta. Aquella mañana de domingo empecé a coger el cielo con las manos y a perder el miedo a quedar como un idiota. ¿Raro? Era yo el que estaba cabeza abajo, por mi infante edad -siete años-, y por la admiración que me transportaba todo lo que rodea al fútbol. La misma, creo, que le recorre a Ángel Torres cuando previo a un partido, en el Getafe que él ha construido, le observe cómo se desplazaba a los vestuarios con un transitar seguro, firme, decoroso. Desde una distancia prudencial, por el cargo que ocupa, le observé y comprobé como no se comportaba como el presidente fatigas que acude a molestar a los jugadores cuando menos necesitan compañía. Bajó las escaleras que conducen al césped del Calderón, pero esquivó girar a la derecha y así penetrar en el túnel que te traslada al camino único donde se refugia el grupo. ¡Sorpresa! Es diferente, me cuestioné. Otra mañana, me crucé con un leal amigo-asesor del presidente. ¿Qué haces en Majadahonda?, le abordé. “Ángel y yo vamos a ver el juvenil”. Se enfrentaban en la categoría el Atleti y el Geta. Me cuentan que otro día modificó el horario de la comunión de su hija, Natividad, para no perderse el partido; otro, cambió una comida de negocios para llegar a Segovia y disfrutar del estreno del equipo en pretemporada; otro, que tras salir ileso de un accidente, camino a Soria, llegó impoluto al palco de Los Pajaritos para seguir en vivo a los azules; otro, que suspendió un almuerzo familiar para sintonizar el digital plus y analizar al Bayern que se medía esa sobremesa al E.Cottbus; otro, que recorría las obras de la Ciudad Deportiva para poner firme al aparejador por un error de calculo…

Ahora sí. Dice Fito. Tocan los Fitipaldis. Con su permiso. El colegio futbolero le enseñó poco a Ángel Torres. Era un modesto central sabedor que poco tenía que hacer con las botas. Quizá por eso demostró rápidamente ser un sabio conocedor del deporte que le apasiona. Es directo en la negociación y fino en la elección, explican los que han lidiado con él que afirman no se atasca nunca. Elige la pieza y escoge. Si no hay concordia, a por otra. Pese a negarlo, es tan supersticioso como la corbata que no repetirá. Por eso, ha forzado para cambiar de estadio porque asoma otra vez el cuello en la final de Copa. Vive bien rodeado, con la armada justa, la necesaria: Guerrero para los peques, Luz para los oscuros, Santos para la burocracia, Mantilla en lo diario… cambiando de general cada batalla anual porque los encuentra jóvenes y sobradamente preparados. Así se presenta con una red abierta, grano en el granero, pato en el agua, catando Argentina, david y mario para alternarse la cinta, con más moral que manu, preso del gavilán, pero sin nadie a la contra. La bruja que me metió el fútbol en las venas nunca me dijo que este jueves en Munich se presenta un Getafe que empezó siendo granuja y que mantiene la estructura que sólo los ladrillos bien colocados te dan el éxito. ¿El genio? Está claro. Nunca empezó la casa por el tejado.

Escrito por Matallanas | 5:34 p. m. | Enlace permanente

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